Transitar las calles de Mendoza, es encontrarse a cada paso con la conjunción de un pasado y un presente arquitectónico que genera la nostalgia de un antes siempre presente y la irrupción novedosa de un futuro prometedor.

Un ayer y un hoy que fueron y son construidos por artesanos de estilos que, aunque diferentes, presentan una similitud: la sabiduría que guía la mano de aquel que diseña y proyecta. Sabiduría que conoció Don Urbano y que intento plasmar en sus obras.

Don Urbano, un arquitecto que supo orientar el grafito y el cincel para realizar construcciones que resistieron el paso del tiempo. Un arquitecto generoso en volcar los conocimientos aprendidos allá lejos y entonces. Un arquitecto que soñó con una Mendoza engrandecida y pujante.

Al igual que sus construcciones, Don Urbano resistió a los avatares que iba encontrando en su camino. Avatares que se sucedían, quizás por ser forastero, o tal vez por la precisión en su conducta, la que medía y analizaba meticulosamente como cada diseño que hacía.

Don Urbano, un arquitecto que quiso legar a esta tierra que lo contuvo de sus añoranzas de la Patria lejana, su obra más preciada. Una obra que todo ser humano puede hacer, pero que no cualquiera puede diseñar y construir. Y fue justamente en esta obra, su familia, en la que Don Urbano dejó escapar su mayor capacidad creativa colocando los cimientos necesarios para su prolongación en el transcurrir del tiempo.

Así es como hoy, varias generaciones de por medio, aún perdura aquello trasmitido por él y que hoy nos atrevemos a rescatar en un ensayo de un homenaje humilde a su memoria.

Lic. Viviana Barbier

Tataranieta

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